viernes, 1 de agosto de 2008

Las principales festividades: Lughnasad



Y en verano, llegó Lughnasad. Ha sido por casualidad que este día coincidiese con la fecha de este post, aunque hay quien diría que la mano del dios Lugh está detrás de esto...


Lughnasad o Lammas hacen referencia a la primera de las cosechas recogidas en las actividades agrarias por los celtas. Durante los días que transcurrían entre mediados de julio y agosto, en la península Ibérica durante la Antigüedad se celebraban unas fiestas en su honor, dedicadas a la cosecha, que eran llamadas “Lughnasad” (1 de agosto).


La estación celta de Lughnasad, por lo tanto, coincide con el final del verano, y las noches comienzan a crecer, los frutos y grano que nos proporcionan las tierras de labor a punto para su recolección. Lammas, por lo tanto, está considerado el primero de los tres festivales dedicados a la cosecha en el mundo céltico, también vinculado con la celebración del pan, alimento muy valorado por esta civilización.


El pan, el alimento fundamental de los pueblos de la cuenca mediterránea, lo fue igualmente para los antiguos celtas, a pesar de proceder de las tierras frías del corazón de Europa; al pan le dedicaron los celtas una fiesta, cuyo inicio coincidía en el tiempo con la maduración del grano. Los celtas, como pueblo volcado con las actividades agrarias, dieron un gran valor a la cosecha, también a la trilla; la preparación, por lo tanto, de los panes, darían lugar a una notable ceremonia de agradecimiento a la Madre Tierra, además de invocarla, en el mismo momento, para que la siguiente cosecha fuese igualmente generosa.


La tradición, recogida de los “Vates”, recuerda que el rey sol daba sus energías a las cosechas para asegurar vida mientras que la diosa Madre –a la que se le rinde homenaje en el interior de las grutas abiertas en las laderas de las montañas- se prepara para transformar en su aspecto como divinidad coronada. No es una casualidad que, en numerosos lugares del centro de Europa (sur de Alemania, Suiza, Austria, norte de Italia…), se sigan colocando pequeños soles en las fachadas de las casas, en testimonio a la divinidad del astro y en recuerdo a la más profunda civilización que haya conocido Europa durante la Antigüedad.


Lammas es, por tradición, el momento de júbilo celta, durante cuya jornada se parte y comparte el primer pan de la cosecha, en agradecimiento a la diosa Madre, por lo recibido de la Tierra, como fuente fecundadora, y a la que se alzan monumentos en su honor (menhires, dólmenes, crómlechs, etc.), rindiendo cuentas, al mismo tiempo, de todo cuanto el dios solar ha rendido en los meses de estío, además de un reconocimiento y análisis sobre nuestro rendimiento laboral diario. Recordemos que, para los celtas, la vagancia era un pecado condenable con la humillación pública, tan grave como la cobardía en el combate.


Lughnasad, o Lammas, es, por supuesto, un día de cuarto, uno de los cuatro altos Sabbats, o Sabbats Mayores, para los celtas y demás religiones que rindieran culto a las divinidades de la Madre Tierra. Astrológicamente hablando, su punto espacial está a 15 grados de Leo; pero la tradición, que nos ha llegado gracias a la labor de los “Vates”, ha fijado el uno de agosto como la jornada de su fiesta. Como siempre, esta celebración daría comienzo por el ocaso de la tarde anterior (el primero de febrero, si se mantiene la tradición céltica), contando sus días de atardecer a atardecer.


“Lughnasad”, por tanto, es el nombre de la fiesta relacionada con el dios céltico Lugh y, por ende, un culto pagano al fuego. Por otra parte, esta divinidad, en la península Ibérica está relacionada con el Camino de Santiago.


No es una casualidad que las actuales rutas jacobeas, que se iniciaron en los siglos altomedievales, tras el descubrimiento de la tumba del apóstol, fueron los caminos de Lugh, representados astralmente por la Vía Láctea; es el itinerario hispano, de 800 kilómetros de largo (desde Roncesvalles a Iria Flavia, Padrón, pasando por la ciudad de Santiago de Compostela), que seguían los caminantes hacia el Finis Terrae, desde la antigüedad céltica. Itinerario hispano que tiene un eje principal –que se corresponde con el vulgarmente llamado “Camino Francés”, al que convergen innumerables senderos, desde todos los rincones peninsulares.